La película Nuremberg suele analizarse desde la historia, el derecho o la política, pero ofrece también una lectura profundamente relevante para el ámbito educativo y, en concreto, para la reflexión sobre las altas capacidades intelectuales. En ella aparece el psicólogo Douglas Kelley, encargado de evaluar a los principales líderes nazis antes de ser juzgados. Un dato clave (y no siempre mencionado) es que Kelley fue alumno de Lewis Terman, una de las figuras más influyentes en la historia del estudio de la inteligencia y del cociente intelectual.
Esta conexión no es menor. Terman fue el gran impulsor del uso del CI como medida del potencial humano y defendió, a partir de sus estudios longitudinales, que las personas con inteligencia muy superior a la media tendían a mostrar un mejor ajuste personal, social y profesional. Durante décadas, esta visión impregnó la forma de entender la alta capacidad: inteligencia elevada como sinónimo de éxito, equilibrio y buen desarrollo vital. Kelley llega a Núremberg formado en ese marco teórico, con herramientas psicométricas sólidas y una profunda confianza en la racionalidad humana.
Lo que encuentra allí quiebra muchas de esas certezas. Los hombres a los que evalúa (entre ellos Hermann Göring) no presentan déficits cognitivos ni trastornos mentales graves. Por el contrario, muestran razonamientos complejos, pensamiento estratégico, gran capacidad verbal y, en muchos casos, puntuaciones intelectuales claramente por encima de la media. Son personas inteligentes, brillantes en términos cognitivos, plenamente conscientes de sus actos y capaces de justificarlos con elaboradas argumentaciones morales y políticas.
La película expone así una verdad incómoda: la inteligencia elevada no garantiza humanidad, ni empatía, ni conducta ética. Al contrario, puede convertirse en una herramienta extremadamente eficaz para racionalizar el daño, deshumanizar al otro y sostener sistemas profundamente injustos. Kelley, discípulo de Terman, se enfrenta de forma directa al límite del modelo que lo formó: medir la inteligencia no basta para comprender a la persona, ni para anticipar su comportamiento moral.
Desde la perspectiva actual de las altas capacidades, esta reflexión resulta especialmente pertinente. Durante mucho tiempo (y aún hoy en muchos contextos) la identificación del alumnado con alta capacidad se ha centrado casi exclusivamente en pruebas cognitivas, números, percentiles y rendimientos. La historia que muestra Nuremberg nos recuerda que el potencial intelectual, si no se acompaña de educación emocional, pensamiento crítico y desarrollo ético, no solo es insuficiente, sino que puede resultar peligroso.
Los líderes juzgados en Núremberg fueron, en su mayoría, personas con gran capacidad de influencia, carisma, visión estratégica y liderazgo. Hoy los identificaríamos fácilmente como perfiles de alto potencial. La cuestión de fondo que plantea la película no es si eran inteligentes (que lo eran), sino para qué pusieron su inteligencia al servicio. Y esa es una pregunta profundamente educativa.
Douglas Kelley representa, de algún modo, el tránsito entre dos paradigmas: el de la inteligencia entendida como predictor casi automático de buen desarrollo vital, heredado de Terman, y la constatación de que la inteligencia es solo una herramienta, moralmente neutra, cuyo impacto depende del acompañamiento emocional, social y ético que reciba la persona. No es casual que el propio Kelley quedara profundamente marcado por esta experiencia; su trabajo en Núremberg no solo evaluó a otros, sino que puso en crisis su propia concepción de la naturaleza humana.
Trasladado al ámbito educativo, el mensaje es claro y vigente. Trabajar con alumnado de altas capacidades no puede reducirse a acelerar contenidos, exigir excelencia o celebrar la brillantez cognitiva. Implica, de forma inseparable, educar en valores, en responsabilidad social, en regulación emocional y en pensamiento crítico frente a la autoridad. Implica ayudar a estos alumnos y alumnas a comprender el impacto de sus decisiones, el poder de su influencia y el sentido ético de su talento.
Nuremberg no es solo una película sobre el pasado. Es una advertencia para el presente. Nos recuerda que identificar no es educar, que medir no es acompañar y que potenciar sin humanizar deja la educación incompleta. La inteligencia, por sí sola, no nos hace mejores personas. Solo nos hace más capaces. Y esa capacidad, para bien o para mal, se construye también (y sobre todo) en la escuela.



